miércoles, 7 de octubre de 2020

MI AMIGO FRANCISCO IZQUIERDO RIOS

            
            Yo conozco el mar

            “Un viejo bagre, de barbas muy largas, decía con su voz ronca en el       penumbroso remanso del riachuelito: «Yo conozco el mar. Cuando joven he viajado a él, y he vuelto».

Y en el fondo de las aguas se movía de un lado a otro contoneándose     orgullosamente. Los peces niños y jóvenes le miraban y escuchaban con        admiración: «¡Ese viejo conoce el mar!».

Tanto oírlo, nos acercábamos los jóvenes para escucharlo, para conversar con ese viejo bonachón y sabio que había publicado el año 1965 El bagrecico, el cuarto y último cuento que conforma el libro El colibrí con cola de pavo real.

Nos acercábamos como el protagonista de su bello cuento, diciendo:

-Maestro, yo también quiero ser escritor, para escribir las historias de mi pueblo, los relatos de mi madre, las aventuras que cuenta mi abuelo…

Viene a mi memoria la imagen sonriente de Francisco Izquierdo Ríos, autor de los cuentos El bagrecico, Ladislao el Flautista, Zenón el pescador, entre otros que a través de los tiempos ha deleitado a millones de lectores de nuestro continente y de países muy lejanos e idiomas diversos.

Conocí a Francisco Izquierdo a inicios de la década del setenta, viejo bagre recorrido, quien luego de trajinar por las escuelas más humildes y lejanas del país, había recalado en la ciudad de las mil vueltas (mismo río de selva, torrentoso, turbio y misterioso). Él laboraba entonces en el Instituto Nacional de Cultura ubicado en el Jirón Ancash 390, frente a la iglesia de San Francisco.

Pancho Izquierdo, como lo llamábamos afectuosamente, siempre tenía la puerta de su oficina abierta, principalmente a los jóvenes, que lo visitábamos con nuestras primeras publicaciones, en busca de afirmación o consejo, seguros de encontrar respuesta sincera.

Ocupaba el cargo de Jefe del Departamento de Publicaciones del Instituto Nacional de Cultura, donde ya había publicado la Antología poética del indigenista Mario Florián, la conmovedora novela El retoño de Julián Huanay, y su ensayo Literatura infantil en el Perú que sienta las bases de la literatura infantil, hasta entonces tomada a menos.  Entonces gobernaba el país el general Juan Velasco Alvarado y dirigía el Instituto Nacional de Cultura la doctora Martha Hildebrandt, una dama de personalidad fuerte, que a veces ingresaba al INC llamando la atención a los empleados que tomaban sol en el patio de la llamada “Casa de Pilatos”, pero Pancho, impertérrito seguía conversando con nosotros, mirando de reojo a la dama que subía a su oficina sin atreverse a molestarnos, porque sin duda conocía el recio temperamento del autor de El bragrecico.

No satisfechos con las horas que se podía departir en tan solemne mansión, solíamos buscarlo en el local de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA), en la cuadra cuatro del jirón Puno, cerca de la librería de don Juan Mejía Baca. Allí conversábamos con el viejo siempre sonriente, Francisco Izquierdo Ríos, que había recorrido peligrosos caminos, salvando duras pruebas, riesgos, pesares, injusticia, prisión por razón de sus ideas y todos los sinsabores con los que la vida, nos recuerda que sólo somos transeúntes. Pero su alma indomable jamás se doblegó. 

Como Zenón pescador

Como Zenón, uno de los personajes de sus cuentos con el que solía identificarse, Francisco Izquierdo Ríos nació en Saposoa, perteneciente a la provincia de Huallaga, San Martín el 29 de agosto de 1910. Saposoa era un pueblito olvidado de la selva baja, colindante con el río Huallaga, que es afluente del río Marañón, apenas un punto en el mapa, rodeado de exuberante vegetación, fauna salvaje y en la época de su infancia, con grandes extensiones de tierra virgen, que invitaba a explorar. Transcurrió su niñez libre como las aves bulliciosas en la copa de los árboles, las mariposas de colores retozando a su rededor y los peces en los ríos que tenía que pescar cuidándose de los caimanes que protegían sus huevecillos en las orillas.

Cursó los primeros grados de su formación básica en su tierra natal abriendo los ojos a la naturaleza maravillosamente salvaje, misteriosa, incitadora a descubrir, de indagar ¿cómo es el mundo más allá de esta maraña de vegetación, con vocación de alverjita mágica, que si uno se descuida, está flotando entre las nubes en la copa de un huambo, una palmera o tal vez enredado en un matapalo?

Escuchando las historias que narraban los mayores sobre el origen de la vida y anécdotas sobre la singular toponimia de su lar natal. Saposoa, le dijeron que así se bautizó el pueblo porque “una vez un sapo ladrón (Sua en quechua significa ladrón), sustrajo las pertenecías de un colono, o que la naturaleza en una noche cubriendo con vegetación que creció de manera fantástica recuperó el tesoro sustraído de un templo.

El hecho es que la vida del niño Francisco Izquierdo estuvo poblado de selva, de naturaleza virgen, de familiares y amigos que dialogaban en las noches buscando explicación de la maravillosa creación. Concluyendo sus estudios secundarios en Moyobamba, capital del departamento de San Martín viajo a Lima en 1926 para estudiar pedagogía en el Instituto Pedagógico Nacional.

 En la tierra de los árboles

Se graduó el año 1930 y comenzó su peregrinar de aldea en aldehuela, salvado por su curiosidad innata y su vocación de artista, de intérprete del pueblo. Quien mejor que él podría hablar del hombre de la selva, quien mejor que él, para describir la realidad del Perú selvático, de su gente sencilla, sincera capaz de compartir lo que no tiene. Allí están sus cuentos, sus novelas que fluyen frescos como agua de manantial, identificando en su mundo al hombre que no interesa a nadie más que a los de su clase.

Quienes hemos tenido la suerte de desempeñar la función de maestro en las escuelas rurales el siglo pasado, épocas de terrible escases de libros para niños, es fácil imaginar la labor de un maestro inquieto como Francisco Izquierdo Ríos, buscando beber la cultura popular, la más rica y prístina fuente de información, madurada como el mejor licor con el paso del tiempo. Las tradiciones orales que se enriquecen con el aporte de la gente, narrando hechos ocurridos en la realidad y que se transforman en maravillosa fantasía pasando de mano en mano, o en testimonios de la historia que los libros no se atrevían a registrar. Esos relatos sobre la vida de los ancestros en esta tierra provisional y su existencia eterna en otras dimensiones. La explicación de la vida y de la muerte.

Profesional inquieto, fue defensor de las causas justas en un país doblegado por las tiranías militares y el desgobierno de los políticos, casta indecente, optó por militar opciones que propugnaban justicia e igualdad. El escritor Danilo Sánchez dice que FIR fue apresado el año 1932 por razón de su militancia socialista y enviado a la colonia penal del Sepa, el centro de reclusión de extrema seguridad ubicada en medio de la selva, a donde los reos no tenían ninguna opción de visita, menos de fuga. Al poco tiempo de su liberación el año 1934 contrae matrimonio con la señora Olga López, con quien tiene dos hijos: Francisco, pintor y Vladimiro, médico.
Reingresa al magisterio y viaja por diversos poblados de la sierra y selva, impedido de retornar a las ciudades, período en el que vive el Perú olvidado, sumergido en la miseria y la ignorancia, sin carreteras, medios de comunicación, locales escolares adecuados, postas médicas, profesionales de la salud. Lugares donde el maestro era todo: médico, curandero, partero, amanuense, juez y todo por el mismo sueldo. Pero tampoco podemos dejar de mencionar que el maestro era realmente maestro. Con su escasa economía tenía que vestir adecuadamente y prepararse para compartir con sus alumnos sus conocimientos.

 De la selva sus libros

Francisco Izquierdo trabaja con sus alumnos en las aulas y mucho más con los padres, con los ancianos, con el pueblo todavía no corrompido por el mestizaje y culturas extrañas que ya empezaban a penetrar a la selva. Recopila mitos, leyendas, cuentos, historias, anécdotas, vocablos del lenguaje local de los departamentos de San Martín, Amazonas y Loreto donde le toca trabajar. Publica periódicos, revistas y libros donde plasma el folklore y las tradiciones que con tanta devoción ha recogido en su largo trajinar en la selva enmarañada, entre árboles, bosques y fieras, para entregar a sus niños, a los jóvenes y comunidades la cosecha de vivencias tanto tiempo recopiladas, esta vez convertidas en libros.

Francisco Izquierdo Ríos o Pancho como lo llamaban los amigos, fue fecundo creador de literatura infantil y juvenil basadas principalmente en el folklore del oriente peruano. El año 1942 el Ministerio de Educación lo convoca para dirigir el Departamento de Información, posteriormente la sección de folklore y artes populares del Ministerio de Educación Pública, cuando publica Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947), en coautoría con José María Arguedas, que desempeñaba el cargo de Conservador.

A raíz de un viaje realizado en julio de 1946 a Santiago de Chuco con motivo de la celebración de las Fiestas Patronales del Apóstol Santiago el Mayor, escribe César Vallejo y su tierra (1949), que en 1972 enriquecido con nuevos estudios publica el Instituto Nacional de Cultura. Cuentos del tío Doroteo (1950), el poemario Papagayo, el amigo de los niños (1952), las novelas En la tierra de los árboles (1952) y Gregorillo (1957). El poemario El árbol blanco (1962, por el que obtuvo el Premio Nacional de Fomento a la Cultura “Ricardo Palma” en 1963) y El colibrí con cola de pavo real (1965), libro en el que publica el famoso El bagrecico.

El año 1965, el cuento Gavincho es premiado y publicado por la editorial Doncel, de España. Después publica Mi aldea: pequeñas prosas (1963) donde aparece el bello poema El rocío, el ensayo: La literatura infantil en el Perú (1969). Pueblo y bosque (1975). Folklore amazónico y Boyá (1978), su último libro de Cuentos.

     En la ANEA

Activo, con ideas y proyectos bajo el brazo, siempre entusiasta, nos recibía y aconsejaba, relatando sus inicios literarios, su amistad con su compadre Ciro Alegría, de quien guardaba la tablilla que usó para escribir sus novelas, y sobre su relación con José María Arguedas. Allí confluían los escritores principalmente jóvenes, con quienes hablaban de los libros publicados por el INC, bajo su dirección y de literatura infantil, tema sobre el que, tuvo, ya dijimos, una visión de la importancia de esta categoría literaria. Sus obras en verso y en prosa, concuerdan con su concepción de la literatura como expresión de la belleza a través de la palabra, totalmente ajena al concepto utilitario con fines pedagógicos o meramente instructivos y moralizantes.
Francisco Izquierdo, cada vez que alguien le comentaba que había leído El bagrecico y le había gustado, decía con su sonrisa pícara, siempre a flor de labios: “Ese soy yo”. Ahora que recuerdo ese maravilloso cuento, veo su rostro cetrino, sonrisa expresiva en sus ojos rasgados, casi una raya chispeante, con su terno gris y su gastado maletín de cuero, donde cargaba más que sus nuevos libros, los borradores de las obras que venía trabajando.  

Con su apoyo, un grupo de jóvenes organizamos en la ANEA el festival Ancash 31 conmemorando el primer y segundo aniversario del sismo que destruyó el Callejón de Huaylas en mayo del 1970. Allí estaban los pintores Julio León, Franklin Guillén, animados por el genial Víctor Humareda, infaltable en las tertulias; los escritores Carlos Toledo, Jesús Cabel y yo, haciendo tiempo en la biblioteca y conversando con Pancho izquierdo, quien después me acompañaba en el Ciclo de Poesía que yo tenía a mi cargo todos los viernes, con buena recepción de la poetada de la época. Estrechamos amistad en la ANEA y me acostumbré a visitarlo los domingos en su casa de Bellavista, donde su esposa Olga López nos atendía con limonadas y bocadillos en la biblioteca ubicada en el segundo piso, donde conversábamos largamente, eso hasta que ocurrió su deceso en una clínica cercana el 30 de junio de 1981.

 Brota su semilla en la APLIJ

Después de su muerte, ausentes Pancho Izquierdo y Carlota Carvallo, como que quedó un vacío creador, pero una llama enorme. Teníamos la motivación, ingente información, habíamos hablado tanto sobre el tema y leído también cuanto título nos sugirió, que comenzaron a brotar pequeñas plantas literarias en diversos lugares del país. Sólo quedaba cosechar. Desde la desaparición de Francisco Izquierdo, sentimos la necesidad de retomar su semilla literaria. Es cuando con el apoyo de la doctora Matilde Pérez Palacio, Presidenta del INABIF y de la escritora Magda Portal, amiga de José Carlos Mariátegui, a quien en sus 7 Ensayos lama “la primera poetisa del Perú”, con quien nos unía gran amistad desde la ANEA con Pancho Izquierdo y Mario Florián entre otros, convocamos al Primer Encuentro Nacional de Escritores de Literatura Infantil el año 1982, evento que nos permitió integrar al más selecto plantel de escritores, que estaban publicando obras que los niños hacían suyas: Manuel Ibáñez Rosaza, Danilo Sánchez, José Portugal Catacora, Eduardo de la Cruz.  

 “Mucho tiempo viajó por el río más grande del planeta, pasando frente a puertos, pueblos, haciendas, ciudades, hasta que una noche, con luna llena enorme, redonda, llegó a la desembocadura. El río era allí extraordinariamente ancho y penetraba retumbando más de cien leguas al mar. «¡El mar!», se dijo el             bagrecito, profundamente emocionado. «¡El mar!». Lo vio esa noche de luna llena como un transparente abismo verde”.

Y nosotros lo recordamos con el paso de los años, como si lo estuviéramos viendo, escuchando: Es el mar, al que también hemos llegado y ahora contamos a los bagres pequeños, que el camino es largo, poblado de peligros, de riesgos, pero les decimos también que el mar es la vida, que Pancho Izquierdo Ríos nos enseñó a no temer.

Para concluir, transcribo un poema de Mario Florián, leído el año 1983 en un homenaje a FIR, que organizamos conjuntamente con su viuda Olga, al inaugurarse el Colegio Nacional que en Bellavista lleva su nombre, como la calle en la que él vivió:

A LA ETERNIDAD DE FRANCISCO IZQUIERDO RIOS


Desde tu silencio concluyente,
El mítico jaguar de la espesura,
Ha empezado con épica bravura,
A repetir tu voz de combatiente.

En el pasar del tiempo, como un ente
Razonable, con música de dura

Piedra, los andes –vértigo de altura-
Tu mensaje social harán presente.

En la costa, en la selva, en la montaña,
En la pluma, en el nido, en la cabaña,
En la figuración del educando,

Y en la masa peruana del presente
Y del alba, tu espíritu potente
Estará, Pancho Izquierdo, retumbando.


Roberto Rosario Vidal
Presidente de la Academia Peruana de Literatura Infantil y Juvenil.


(En el Coloquio internacional por el centenario del nacimiento de Francisco Izquierdo Ríos, organizado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, el 26 agosto del 2010).


 

domingo, 31 de mayo de 2020


APOCALIPSIS / Poesía
(50 años del sismo de Áncash)


I

Cualquier aciago día
Lejos de esos lares
Cerca del recuerdo:
Hartos días – llanto.

Huaraz
Hiroshima de Dios
Espejo desolado de tristeza
Cateo mis recuerdos
            Por el largo sepulcro
De Soledad a Centenario
Y el cielo me llueve en diciembre
Y no me lloverá más
En Huaraz.

Estoy aprendiendo a nacer
            En pueblos fenecidos
A crujir los huesos
En valles de la muerte

Marcos
Abdón
¿Quién juega la suerte del mundo?
¡Mal rayo lo parta!


II

Así
Lentamente
Cabalgan los recuerdos.

Así
Como hormigas laboriosas
            Por las calles derruidas
            Las torres dispersas en moléculas
            Los amores eternos
                        Tres metros bajo tierra
                        Abonando malezas donde floreció un pueblo.

Así
Lentamente
Noé furibundo
            Busca la señal bíblica
            –las palomas se han marchado–
            A donde no hiede la venganza.

Así
Transita compungido
Noé
Por las travesuras del bastardo
            Por los amores
            Los huesos
            Las paredes
            Las calles
                        Sembradas de muerte al boleo
                        Apocalíptica pesadilla
                        Una mañana de sol
                        Transitando
                                   El décimo quinto paso.

  
III

Atado de manos / sin voz
Giro en el limbo / sin alas
Revolviéndome como niño
Turbado / inerme.

Y en el fondo del abismo
Turbulento
Enredado en sus olas
Danza ensoberbecido
            Plácido
            El río.

Me gustaban sus ondas blanquiazules
Me embriagaba su aliento
            De cansado caminante
Misterioso
            Calmo
                        A veces rebelde
Me gustaban los ríos.

Tierno cual paloma
            Su arrullo en verano
Bravío en invierno
Parecía
Serpiente ebria de lomo platinado.

Siempre bello el río con su magia viajera
            Traía en sus brazos
            Añejas melodías
            Leyendas de siglos
            Confidencias bíblicas.

Río
Río de mi infancia
Río de mis campos
¡Cuánto cambian tus encantos
De la noche a la alborada!

Buceo en tus entrañas
Trastornando la calma
            De mis días
Volteándome la piel del alma.

Has reflejado tu furia en el crepúsculo
Son garras tus riberas
            Babeante tu sonrisa
Tu canto de sirena
            Macabro señuelo.

No eres el río de aquellas primaveras
            De pantalones cortos
            Y cuentos de hadas
Estás lleno de mundo
Soberbio
            Bulles torrentoso
Señor de tu fosa negra.

Me gustaban los ríos
            Con su aliento
                        De cansado caminante.

  
IV

Nadie impedía amarte
en la cordillera o el llano.

Sólo para verte
albirosada,
iba y venía,
porque sabía que tus ojos,
prendidos del cielo,
me estaban mirando.

Nada ha cambiado
excepto yo,
que te veo sin mirarte,
sin necesidad de largas travesías,
porque cargo contigo
como un carné de identidad
para no olvidar tu sonrisa.

Cuánto río,
cuánto sol,
han mirado las piedras de Llullán
donde pescaba
horas de más o de menos
a la vida,
pícara tómbola,
antes de comer puchero
bajo los eucaliptos
ajados de tiempo.

Cuánto, cuánto
maíz desgranado en casa de doña Pilli:
Rojo
            blanco
                        morado
                                   pinto
bajo las tejas rubias de sol.

La ciudad crece como el quicuyo
donde jugaban los niños.

Los eucaliptos
diez kilómetros arriba
temen la poda,
donde el nevado
riega berros y zarzamoras.

La casa del cura está trozada
por arriba y los cuatro costados
y los fantasmas ya no tienen
el salón de cortinas donde hamacarse,
ni la escalera de piedra
que se trocó en leño.

Ha crecido la ciudad en mi casa:
En el jardín duermen los niños
En la huerta escriben a máquina
Los hombres del municipio.

En las calles de piedras que bañaba la luna
transpira el asfalto
(lava horrenda).

Los bosques de gueshgue
ya no alumbran en junio,
ni las calabazas que amarillaban mayo,
ni los pacáes que verdeaban febrero,
las naranjas
y limas,
cercos de miel.

Sólo el nevado enmohecido
(sobre el barro)
sonríe
soledoso.


 V

No pude partir
(El fogón calentaba los tiestos de barro
cociendo los choclos de abril).

Genoveva en la huerta
Cantando
escurría quesos en canastas de caña
y la leche hervía
gorda de nata
como las vacas de Llámayoj
de donde bajaban los ichic olljos
con campanillas en el cuello.

El camión crujía entre pencas y retamales
y yo volvía
con mi honda puntera,
despertando a los chihuillos del guayabo,
saltando
de piedra
en
piedra
¡bagrecito de pueblo!

Las luciérnagas fosforescentes,
los grillos y los búhos,
ranas y challhuas
llamando a gritos,
a guiños
a manos
(plenos de mí)
no permitieron
que me apartara
de ti.

  
VI

No impedirán que te quiera,
            que te mire,
            que te sueñe.

El mar no puede prohibir al viento
que invoque a las olas.
No puede impedir la sonrisa del clavel,
el fulgor del girasol.

Cuántas veces he intentado recordar
otros recuerdos,
llacta llacta,
pero siempre ante el espejo,
la misma cara
abre sus puertas de par en par
y allí estás,
correteando en torno al pacáe
mientras los viejos brindan
atizando el fogón.

Discurre el arroyo entre juncos musicales
abriéndose paso en la pampa,
entre fresas y albahacas.

(Hormiguita que navegas sobre un laurel
lleva esta carta a mi padre
y dile
que ya no quedan manzanas en la huerta,
pero el pacae añoso
muestra todavía
sus dientes de terciopelo).

Nadie impedirá que trepe a la piedra grande,
para dialogar como en noviembre
con los ojos yertos
que ignoraban el abracadabra de tu voz.

Seguro que arriba
estarán bailando de por vida
los que creyeron en la fantasía de tu encanto,
como yo
que temía muy temprano
separarme de tu lado.


VII

Lázaro de los andes
Cuando pienso en ti
Mordido hasta el páncreas
No sé en verdad qué hacer.

Salto al abismo del llanto
Me ato los pantalones y aprieto las manos
No sé
En verdad
Qué hacer.

Me estremezco
Escribo
Corro
sin embargo
En cualquier esquina subterránea
De mi viejo Huaraz
Crepitan tras de mí
Las pisadas taciturnas
De algún caminante ignoto.
¿Están en mí?
Gritan en mis carnes
Vibran en mis huesos
Truenan los cincuenta mil.
Gritan/vibran
Tiritan trémulos
Crujen bajo el pasto verde sus fémures lívidos
Explotan en llanto bajo toneladas de lodo.


Un día
Retozabas
Bajo la sombra amorosa de verdes pacaes
Leyendo a Machado
            A Trakl “cuando en negros rincones
                        se derritió la nieve…”
Y un mayo turbulento arrasó tus encantos

¿Quién danzará ahora bajo la luna?
¿Quién cantará en las mañanas
            Alegres melodías?

Empinada estás en mi memoria
            Contemplando
            Cómo silba el viento
            Cómo brota la yerba
                        Borbotean los manantiales…

¡Vamos, cantores!
¡Despierten, poetas!
Los campos esperan
Es tiempo de luz y carcajadas

En cruenta lucha
            El miedo se ha rendido
            La muerte se ha marchado a otras latitudes
¿No ves de nuevo
            Cristalino al río?

Campesinos de Marián, Tocash, Acopallca:
¡Ricchari…!
Habremos de alzar adobes
            Compartiremos la chicha
            El lláguapa

Apúrense
Pastorcitos de Uchupata
¡Ras…!
Mama Llishi está esperando
            Con el sol
            Con los picos/ con las palas
            ¡Pobre vieja!

La vida continúa
El sol brilla igual
            ¿Y el viejo por qué se fue?
            Cómo reiría ahora
            Con qué entusiasmo gritaría en la trilla:
            ¡San Lorenzo… viento acapamuyaj…!

Lloraría tal vez de satisfacción
¡Viejo inmortal
            Golondrina solitaria!

Sin duda estarás mirando
Cómo florecen los cactus en la huerta de la abuela
Sin duda estarás cantando
En los prados
En las faldas del nevado.





Roberto Rosario Vidal, 31 de mayo de 2020.